Moralidad artísticamente monstruosa
Monstruoso, del latín monstruosus. Adjetivo. Contrario al orden de la naturaleza; excesivamente grande o extraordinario en cualquier línea; muy feo; enormemente vituperable o execrable.
A pesar de que como público demostramos un apetito insaciable por consumir crimen, un asesino serial eclipsa a los otros en términos de popularidad: Hannibal Lecter. Emerge de la paradoja, pues encaja en ciertos modelos propuestos por la criminología, pero desafía a otros. Se trata de un personaje sumamente convincente al ser un genio criminal con una inteligencia despampanante, pero sobretodo porque Lecter no es un hombre del todo, sino un monstruo.
Es héroe y villano en un universo en el cual lo bueno y lo malo son frecuentemente indiferenciables. Fascina por ser enigmático y por real, no en balde es tan real que ha inspirado a sociólogos, psicólogos y criminólogos a describirlo de carne y hueso, ya no como un producto fantasioso literario.
Lecter es puente entre la repugnancia que provoca el canibalismo y los modales exquisitos pertenecientes elites educadas; es el causante del colapso de las estructuras binarias bien-mal y fantasía-realidad.
Lecter es un ejemplo perfecto del genio criminal que existe sobre la ley. Tiene un estatus paradójico de psiquiatra y asesino. Sus extraordinarios dones intelectuales no sólo lo hacen fascinante, sino que pueden explicar sus crímenes. La construcción de genios asesinos seriales responde al deseo en cada uno de nosotros de que existe alguien más allá de la sociedad que reivindica nuestra libertad.
Puede curar, pero también pude matar, una contradicción al juramento hipocrático de “primum non nocere”. El entrenamiento médico que incluye conocimiento sobre anatomía, patología y farmacología los convierte potencialmente más peligrosos que un asesino serial.
Y sí, la confianza ciega que se nos ha instruido debemos depositar en los médicos y su denominación como “doctores” (aunque muchos no tengan estudios de posgrado y sean vulgarmente parteros), los excluyen inmediatamente de la lista de sospechosos de un asesinato.
Es la inteligencia de Lecter, más allá de su estatus de asesino serial, caníbal o médico asesino, lo que lo hace memorable e inolvidable. Lo sube a un pedestal del Olimpo de los villanos. La sociedad conoce a los villanos que matan por beneficios económicos o por actos impulsivos, pero nos paralizan aquellos que lo hacen de manera fría y deliberada, no porque “debían” sino porque “querían”, porque les gusta: ¡es misterioso y aterrorizante!
Una vez en el terreno de deberes y quereres, mi encomienda ha sido adentrarme al tema de la moralidad. Ésta se refiere a la internalización de normas socialmente aceptadas y conductas que son preexistentes, transmitidas por los adultos y adoptadas como propias. La moralidad del individuo está determinada causalmente por los contenidos del medio social.
Tras la revisión bibliográfica, son tres las fuentes principales de información, provenientes de tres enfoques distintos, el psicoanalítico, el conductista y el constructivista. Dada mi de-formación profesional, mencionaré una apretada síntesis de las tres posturas, para después adentrarme en la postura psicoanalítica y la post-constructivista:
Para el psicoanálisis se internaliza la moral mediante la identificación del niño con el adulto. La consciencia moral es un producto de la superación del complejo de Edipo.
Según el conductismo, los premios y los castigos controlan la conducta del niño.
El enfoque constructivista sostiene que el desarrollo moral es la adquisición de principios autónomos de justicia, fruto de la cooperación social, del respeto a los derechos de los otros y de la solidaridad entre los niños. Según este enfoque ni la identificación con los padres, ni la enseñanza directa propician la moralidad infantil: los niños realizan juicios morales basándose en conceptos que construyen sobre la justicia e imparcialidad.
Advertí me extendería en dos de los puntos de vista, pero no porque crea alguno de éstos sea la panacea, sino porque dos autores consultados echan luz sobre este complejo personaje: Winnicott como representante del psicoanálisis y Kohlberg, autoridad en desarrollo moral y con una influencia piagetiana importante.
Para el psicoanálisis, la culpabilidad nace del choque entre el amor y el odio, choque que se hace inevitable si en la acción de amar se incluye el elemento instintivo que le es propio.
En el ejercicio de su profesión, todo psicoanalista se familiariza con la sustitución de los síntomas por el desarrollo normal de los mismos: la aparición de culpabilidad y una mayor conciencia y aceptación del contenido de la fantasía que hacen lógico el sentimiento en cuestión.
La introducción del superyó en 1923 por Freud como nueva instancia tenía como propósito indicar que el yo, al pelear con el ello, se valía de ciertas fuerzas a las que había que darle nombre propio. Paulatinamente, el niño iba adquiriendo nuevas fuerzas que incrementaban su capacidad controladora. Es el heredero del complejo de Edipo, la figura paterna introyectada.
La existencia de sentimiento de culpabilidad, significa, por tanto, que el yo está llegando a un acuerdo con el superyó: la angustia ha madurado hasta convertirse en culpabilidad.
El sentimiento de culpabilidad es una forma especial de angustia asociada con la ambivalencia o, si se prefiere, la coexistencia del amor y el odio. Sin embargo, la ambivalencia y su tolerancia por parte del individuo entrañan un grado considerable de desarrollo y salud mental.
Donald Winnicott, un brillante psicoanalista infantil inglés, se interesó en el juego y el proceso creativo.
En su artículo El psicoanálisis y el sentimiento de culpabilidad (1958) menciona:
Resulta interesante observar que el artista creador es capaz de alcanzar un tipo de socialización que soslaya la necesidad del sentimiento de culpabilidad y la consiguiente actividad reparadora y restitutoria que forma la base del trabajo constructivo corriente. De hecho, es posible que el artista y el pensador creador no lleguen a comprender, incluso que desprecien, los sentimientos de inquietud que constituyen la motivación de una persona menos creadora. De los artistas cabe decir que algunos no son capaces de experimentar culpabilidad y, pese a ello, logran la socialización gracias a su talento excepcional. A las personas corrientes, dominadas por la culpabilidad, esto les parece desconcertante; y, sin embargo, siento un oculto respeto hacia esa falta de piedad que de hecho, en tales circunstancias, consigue más que el trabajo impulsado por la culpabilidad.
El segundo autor, al que clasifiqué como post-constructivista, es Lawrence Kohlberg quién dedicó su vida al estudio del desarrollo moral. Kohlberg (1958) se interesó por el modo en que niños, adolescentes y jóvenes adoptan decisiones morales entrevistando a los sujetos acerca de historias hipotéticas sobre conflictos morales.
Este autor exploró durante 12 años el mismo grupo de 75 chicos, siguiendo su desarrollo en intervalos de 3 años, desde la primera adolescencia hasta adultos. Su estudio además fue transcultural, pues lo realizó en Inglaterra, Canadá, México y Turquía.
Kohlberg hace un paralelismo entre el desarrollo intelectual y el moral. El primero sería condición necesaria, pero no suficiente.
Propone tres niveles: preconvencional, convencional y posconvencional.
El nivel preconvencional es el nivel de la mayoría de los niños menores de 9 años; en este nivel los individuos no comprenden realmente todavía las reglas y expectativas convencionales y sociales, ni las defienden.
El nivel convencional se relaciona con reglas, autoridad y convención: conformidad y preocupación por el mantenimiento del orden social.
En el nivel posconvencional algunos aceptan y comprenden las reglas de la sociedad, pero se basa en la formulación y aceptación de los principios morales de carácter general subyacentes a estas reglas. Estos principios algunas veces entran en conflicto con las reglas de la sociedad, en cuyo caso la persona juzga por el principio más que por la convención. Los principios morales son autónomos, independientes de la autoridad.
Thomas Harris creador de la novela sobre la cual se basó la película, menciona que el coeficiente intelectual de Lecter “no es medible por ningún instrumento creado por el humano”. Wallace (1986) calculó un coeficiente intelectual de entre 250 y 300 puntos para Hannibal Lecter. Como punto de comparación se ha calculado un CI de 145 para Napoleón Bonaparte, y de 180 para da Vinci.Independientemente de su coeficiente intelectual, no podemos negar posee facultades mentales inusuales: una exquisita sensibilidad olfativa, así como una capacidad artística y de evocación de imágenes sublime.
Aldous Huxley (1956) sugirió que los genios reales son tan distintos al resto de la humanidad, que deben ser considerados una especie distinta. Pensaba que sólo los genios son los hombres verdaderos y que en la historia de la humanidad sólo ha habido pocos miles de hombres verdaderos; sin su ayuda no seríamos ni tendríamos prácticamente nada.
Estas afirmaciones encuentran apoyo en las investigaciones de Kohlberg sobre razonamiento moral posconvencional, ya que esta genial minoría puede desobedecer leyes injustas. Jesús fue ejecutado como criminal, Galileo, Gandhi y Luther King encarcelados.
Creer en principios universales significa seguirlos, a pesar de que la ley lo prohíba. De ser cierta la correlación encontrada entre los puntajes de CI altos con un razonamiento moral superior, entonces los individuos con CI infinitamente raros pueden percibir el mundo a través de lentes morales radicalmente distintos.
Existen ejemplos reales como Theodore John Kaczynski, mejor conocido como el “Unabomber” con un CI mayor al de Darwin, de 167, graduado de Harvard, con doctorado en Michigan y asistente de profesor en Universidad de California en Berkeley a los 25 años. Fue sentenciado a cadena perpetua tras 17 años de mandar cartas bomba, asesinar a 3 personas y herir a 23 en un intento de salvar a la sociedad de los efectos perversos de la tecnología.
Los crímenes del Unabomber pueden parecer monstruosos e inteligibles para el público en general, pero su genio de 1 entre 70,000 personas los creyó necesarios, a pesar de los cuestionamientos morales.
Sabemos que los niños superdotados tienden a aburrirse ante la falta de correcta estimulación y que pueden llegar a hacer travesuras como consecuencia. Siguiendo esta línea y revisando bibliografía pertinente, encontramos que estos niños tienden a aislarse debido a que se sienten incomprendidos. En un caso como el de Lecter, con un puntaje de entre 250 y 300, encontramos a alguien que debe sentirse de otra especie en el sentido literal, que rechaza normas sociales, rompe tabúes y leyes: “Lo que es lícito para Júpiter, no es lícito para todos”.
Considerarlo loco y diagnosticarlo tiene un efecto tranquilizador, explicativo y paliativo, sin embargo el creador del personaje no considera Lecter sea un loco, sino un personaje con habilidades cognitivas infalibles y voluntad de acero: un artista desde Winnicott.
No cumple con los criterios diagnósticos para la sociopatía, pero tampoco estoy seguro busque fama o narcisización, pues el reforzamiento social y ser mundialmente reconocido no necesariamente es el motor de sus crímenes.
Quizá el personaje de Hannibal Lecter es enigmático y difícil de entender porque no es completamente humano. Quizá es verdaderamente un tipo de monstruo con desarrollo moral propio. Si su monstruosa genialidad lo hizo sentirse aislado y frustrado y esto pudo haberlo guiado a sus crímenes, por lo tanto, los asesinatos canibalísticos de Lecter pudieran ser una consecuencia indirecta de su inteligencia inmedible.
Existen detalles en los libros que, si bien no pude apreciarlos del todo en este filme, sí apoyan la clasificación de Lecter como monstruo. Harris menciona que Lecter tiene ojos carmesí, seis dedos en su mano izquierda, fuerza sobrehumana y sentidos anormalmente agudos.
Lecter: artista -diablo que de acuerdo a las normas dictadas por su intelecto y desarrollo moral, consume dolor físico como carne. Fascinante y genial personaje al cual podemos quizá describir e intentar conocer, pero que no encaja en el afán positivista de explicar ni encontrar causalidad: es un monstruo, eso pareciera ser.
Por: Mtro. Fernando Salinas Quiroz